Levantó sus brazos con desmesurada sonrisa. Sólo una sonrisa de extremo gozo, de victoria, de final de espera, de resurección. Estaba clavada por una nariz aguileña, puntiaguda, que salía de unos pequeños ojos redondos y negros. Y los tres rulos que le salían de entre la gorra, tapando un pedazo de sus orejas. ¿Y qué más puedo decir? Era la plenitud personificada. Detrás una noche serena, llena de recuerdos y de polvo, en el norte del desierto del Nerev.
Los italianos son hombres de la tierra; Dante, Petrarca y Bocaccio, sus primeros poetas, eran poetas de la tierra y de la carne que es, al final, tierra. Navegantes, sí, pero siempre buscando otras tierras. Esa personificación de la plenitud, aquél loco voluntario italiano --loco, como todos los que aquí estamos-- , no es diferente. Había trabajado con la tierra por algunas semanas, llenando sus uñas de polvo y, de vez en cuando, cuando alguna manguera fue abierta, de lodo. Veía, muchas veces, el cielo con desesperación y se resignaba viendo las colinas del lado de Cizjordania esperando, cuando menos, algún misil iraní.
"Una tempeste"-- me dijo momentos antes de que la rocosa tierra del desierto fuera rebautizada por el agua, un sorbo de humedad en este páramo perdido.
"La humedad de la tierra" --dijo cuando escuchó las primeras gotas de lluvia, besando las puntas de sus dedos con sus fosas nasales como si fuera el más precioso zahir.
Salió de la cocina con calma, alargando la preciada espera. Sintió todo el peso de una gota de lluvia penetrar como saeta la tierra, humedeciéndola, sacándole el vapor que el calor del sol había petrificado. Le dije "aspeta" y corrí a mi cuarto por una cámara que dejara como objeto ese momento para que ustedes lo vieran y, mientras me inclinaba sobre el bureau para buscar entre la oscuridad, levantó sus brazos con una desmesurada sonrisa. Sólo una sonrisa de extremo gozo, de victoria, de final de espera, de resurección.
Tomé esta fotografía y, justo después, comenzó a gritarle a Dios en italiano, como si alentara a un equipo de fútbol, con toda la pasión exacerbada derramándose por todos sus poros como lava. Levantaba y bajaba las manos, y gritaba, y golpeaba las paredes de alegría, y era todo gozo, y era todo plenitud.

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