
Los recuerdos que mitificaban aún más el kibbutz donde estaría comenzaron a llegar a mi cabeza:
"
Escribí siete, sin que nadie lo viera, en un pequeño trozo de papel. Me pareció una decisión bastante inteligente pues así cubriría, como números cercanos, del cinco al diez. ¡Que se jodan! ¡Yo quiero ir al norte! Había sido un día, y todo lo buen pedo que podríamos haber sido los unos con los otros aquí no servía; no me importaba irme solo, con tal de irme al norte, donde los kibbutz son más ricos y ofrecen mejor vida.
La vieja del KPC pensó por un momento. Nos observó con detenimiento; incluso la pinche gorda que no levantaba el culo de su asiento puso atención por un momento, dejando a un lado la limadora de uñas.
--Two.
¡Me lleva la chingada!
--¡Sí! ¡Sí! --comenzó a gritar Juan. ¡Miren! ¡Miren!--nos dijo, como niño chiquito, mientras enseñaba un horroroso dos dibujado en su pedacito de papel.
(Good luck... buena suerte... felicidades) Putamadre. A ver cuándo me toca a mí. Pensé que la misma noche en la que había llegado estaría durmiendo en un bonito cuarto en algún kibbutz, listo para conocer un nuevo país, para viajar y para cojer viejas como si fuera conejito. Digo; esa noche no había estado tan mal. Contactamos a un "couch surfer" en línea y nos quedamos en su casa en Yafo. Buena fiesta. Nada de drogas. Mucho alcohol. Era Kobiee; un judío sefaradita que vivía con una inmensa vaca; buenísima onda la canija, pero fea como la chingada. Se trataba de Karen, blanca pero horrible. A toda madre; a toda madre, sin embargo.
El departamento era bastante chiquito y en un lugar no muy bonito, pero sí que hubo fiesta. Sacaron un bajo, dos guitarras --eléctrica y acústica-- y un sax... y a jamear se ha dicho, jijos de su.
"
Todo había pasado tan rápido que no había tenido oportunidad de reflexionar y, sobre todo, de sentir el nuevo país que conocía; el nuevo continente.
El desierto no había sonado tan mal, aún cuando David, un inglés que Benj había conocido, le había dicho que Lahav era horrible y que los voluntarios se gastaban todo su dinero en ponerse pedos para quitarse la depresión.
--We are not like them, Benj-- le dije sin saber que a él también le gustaba el chupe. Besides; we are two. At least we´re gonna be together, man.
Me imaginaba las inmensas lunas que no llenaban mis ojos; las estrellas y, sobre todo, las dos suecas que mencionó Ronie, el jefe de voluntarios, que después de llevarnos por una carretera bastante desértica, en un lugar que era completamente ajeno a mí, está ahora entrando por la puerta del kibbutz.
El kibbutz se ve medio pinche, pero no tanto.
--I´m going to take you to the dinning room and show you how to do there --nos dice aquél canoso hombre vestido de rojo (cosa que siempe hace), con su muy mal acento plagado de "erres" al más puro estilo francés ) gggggggggggggggggggggggggggg.
--Okay-- dice Benj, cansado ya probablemente de hacerle tantas preguntas, tantas preguntas, tantas preguntas a ese extraño individuo que no me daba nada de confianza pero al que todo decía que sí y que sí y que sí.
--This is the only kibbutz that has pigs. Maybe you´ll work with them.
--I dont mind. I´ve work with them in my ranch--le miento con toda seguridad, creyendo lo que digo.
--Me neither-- se apresura a contestar Benj intentando también, casi seguramente, caerle bien al nuevo jefe.
--Yala. Everybody down-- y Benjamin abre la puerta corrediza de la mini van blanca.
¿Recuerdan que le había dicho a Benj que cada país, que cada ciudad tiene su olor muy peculiar? Pues Lahav huele a mierda de cerdo, que es el peor olor que he conocido. ¿Y la gente come sin tener asco?
Benj me observa, asustado, queriéndome hacer notar el olor. Dejo que Ronie camine un poco más y le digo, a sotto voce: don´t you worry, my friend; we´ll get used to it.

No hay comentarios:
Publicar un comentario